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Nueve días
de hotel
Hoy cumpliré dos noches.
El día es un portero amable, me invita a salir. Afuera, al menos aquí,
el mundo no es de nadie.
La ducha es distinta, el baño se torna disperso. Aunque hay agua caliente
no la uso, así puedo recordar con alegría. El pasillo es largo,
tenebrosamente largo. La misma puerta repitiéndose hasta el final.
Recorrerlo es avanzar sobre los mismos pasos.
No hay almas, nunca las hay.
Desayunaré lo mismo que ayer, apenas un poco de fruta, café,
y a lo mejor un pan. Un pan que aprenderé a disfrutar durante estos
días solitarios.
Por la tarde vendré con el cansancio, el maletín lleno de más
papeles, algunos recuerdos del día (no todos son malos, quizá
ninguno) y la ansiedad agónica de sentirme desterrado dentro de una
habitación que me pertenece unas horas. Tiene tanto que no me sirve,
le faltan mis libros, el colage en la puerta, los últimos números
de esa revista, quijotada dantesca que a veces nos hace soñar con el
Aleph. Mi cama, su cama, y unos ojos castaños que se pierden en una
mirada selvática, isla diminuta, a lo mejor mágica.
Antes de entrar pasaré al bar. Un poco de cerveza, algunos cuentos
borgianos, quizá hasta me atreva fumar, echo que en estos casos es
un atropello delictivo para el cuerpo, pero el alma lo agradece.
Hoy cumpliré dos noches. El
día es un portero amable. Me recibirá con una sonrisa hospitalaria,
muy parecida a la noche, y pensaré que ya es un día viejo, porque
entre él y yo habrá una luna que existe en las mismas noches
de mis recuerdos. Noches que cada vez paren esa isla paradisíaca atrapada
por una magia vertebral en la mirada de una mujer de papel, donde a veces
me atrevo a escribir.
Hoy, habré vivido la segunda
intención. La habitación estará vacía, apenas
una enorme cama, el televisor, un escritorio donde permanece una guía
telefónica y el mismo nuevo testamento de cada hotel; la regadera con
agua caliente, el balcón, una silla blanca y un árbol majestuoso.
Yo, con la embriaguez, el maletín, los mismos cuentos borgianos, y
esa nostalgia agónica que se vuelve piedra con la luna insistiendo
que mi lugar está en otra parte.
Hoy, volveré a fumar. |
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Habiendo detenido la escritura,
posó los ojos en un vaso de vidrio azul. La silla echada hacía
atrás, los brazos sobre la mesa, el rostro sobre el brazo izquierdo.
«Amarga noche», pensó sin saber porque. Dejó caer
el lápiz, cerró los ojos. Las gotas empezaban a escucharse en
el pequeño patio al lado de la cocina. El sueño fue entrando
cauteloso cada vez que sonaba la lluvia.
El sonido abrupto de un liquido amarillo golpeando el fondo del vaso, lo sacó
del letargo vespertino. Ahora el rostro yacía sobre la mesa, los brazos
estirados, el derecho pasaba más allá del vaso. En esa posición
los brazos le parecieron la escena de un parto, se sintió recién
llegado al mundo.
Luego escuchó unos pasos alejarse mientras alguien reía. Movió
los dedos de la mano derecha, el pulgar desapareció detrás del
vaso. Cerró los ojos. Risas y un grito lo despertaron. «Lola,»
pensó, levantando la cabeza mientras apoyaba la barbilla en los dedos
de la mano izquierda. «Sí, Lola —dijo la voz del que había
servido el líquido —. Tu Lola se bañará en pelota.»
Estando en el patio escuchó que del otro lado alguien saltaba sobre
los charcos. Las gotas que golpeaban en la pequeña pared le mojaron
más. Trepó a la pila, y con cautela fue asomando la mirada.
Lola en el patio vecino, dos pisos más abajo, se disponía a
bañarse desnuda. Lola estaba de espaldas. «Tonto, te vas a resfriar»,
le gritaron desde adentro. «Shhh...», dijo él agachándose.
Estaba sobre el lavadero con las manos en la pared. Antes de levantarse vio
hacía arriba. Ver sus brazos estirados le causó la misma sensación
de antes. De la falda de la camisa ya se desprendían gotas. Se levantó
lentamente.
Lola estaba desnuda, sólo llevaba puestas unas sandalias verdes. El
recorrido desde la espalda hasta los pies le hizo sentir que algo no encajaba
en el cuadro. Pensó en las sandalias. Lola levantó los brazos.
Quiso verle los pechos. Estando así dejó que la lluvia le cayera
en el rostro. «Lola», gritaron desde adentro. Ella dijo que no
la molestaran. «Es su voz», pensó, y se sintió tranquilo
al confirmar que era Lola. Ella se agachó hasta tocar las sandalias.
Mientras se levantaba lento, acarició sus costados con la punta larga
de las uñas, se detuvo en los muslos, luego recorrió con lentitud
las caderas hasta llegar a las axilas, elevó los brazos y empezó
a girar como si estuviera danzando. Él se quedó espantado. Sin
soltarse de la pared volvió ha agacharse. Se quedó así
como mirando al lavadero. Lola cantaba, a lo mejor continuaba dando vueltas.
Escuchó los pasos llegar desde adentro. Vio la mano que se metía
bajo su brazo derecho. Cerró lo ojos, no pudo contener el llanto. Abrió
primero el derecho, seguido posó la mirada vidriosa en el vaso azul,
y lloró tan fuerte como lo hacía el cielo. |
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El callejón
del muerto
El hombre atravesó
la octava calle. Al otro lado, donde siempre compraba los dos últimos
cigarrillos del día, un anciano restregaba la banqueta. Las burbujas
de jabón delimitaban el área. El hombre era muy callado, no
preguntó, pero supuso tantas cosas que optó por tomar otro camino:
la calle de los campos, meterse por debajo de los barrotes doblados, cruzar
por la orilla de las primeras dos canchas, y luego seguir por el callejón
del Muerto. Hizo los cálculos y concluyó en que se ahorraría
por lo menos diez minutos, pues el recorrido era menos y en esos lugares tan
solitarios es prescindible acelerar el paso. «Así todavía
encuentro al ambulante del auxiliar», alzó la voz en una especie
de auto motivación. «Si el Guerrero de la Luz puede, seguro que
yo también. Soy un guerrero, eso es, soy un guerrero.» Después
de cruzar la puerta por debajo de los barrotes se detuvo un momento acostumbrándose
a la oscuridad del parque, dándose valor: «Soy el guerrero del
callejón del Muerto», dijo ajustándose la gorra mientras
dejaba libre una risita. Por el camino tropezó varias veces con las
raíces a flor de tierra. La vista, acostumbrada a la oscuridad, hizo
que se estremeciera con la enorme sombra de los ficus. En seis meses, por
lo menos, no había visitado el parque. Más allá de la
segunda cancha la administración había colocado unos columpios
de lazo y llanta en las ramas de los eucaliptos. Antes de entrar al callejón
observó hacía el fondo, las sombras de los columpios le parecieron
una legión de ahorcados. Cruzó el callejón con paso ligero.
Los últimos diez metros iluminados por el alumbrado público
del carril auxiliar, los corrió desesperado. Al salir, el flujo humano
y el vehicular del Periférico Sur le dieron confianza. Tomó
un poco de aire. Algún transeúnte se le quedó mirando,
creyendo que lo habían asaltado. Debajo del poste, iluminado como santo
de iglesia, el ambulante daba la última ojeada al rotativo del día.
—Buenas —saludó —.
—Huuu... hace rato que no pasaba, si hasta ya parece usted subversivo
con esa barba.
—El trajín, don Chepe —excusándose le dijo al vendedor
y se quedó callado —.
—Qué le damos, joven.
—Dos rojos, don Chepe, si me hace favor.
—Usted tiene cara como de afligido, ¿se siente bien? —le
dijo el vendedor dándole los cigarros —.
El hombre no dijo nada. Se despidió con una sonrisa, pagó y
se largó. No le gustaba encender el cigarro en esa zona. Después
de la parada de autobuses frente al Quinto Cuerpo Policial, el flujo humano
disminuye. Allí sacó el cigarrillo y lo prendió detrás
de un poste. Caminó dos cuadras. A dos casas vio salir a alguien que
se escondía bajó el pedacito oscuro que le queda a las puertas.
Traía gorra, lentes oscuros y un pañuelo rojo con círculos
blancos cubriéndole la mitad del rostro. El hombre disminuyó
el paso. En la cintura del tipo asomaba la cacha con orilla plateada de una
pistola.
—Sin bullas —le ordenó el ladrón levantándose
la camisa —.
—¿Dinero? Estás perdido, no cargo.
—Te tengo controlado, vivís por aquí —le dijo para
amenazarlo —.
—Cincuenta, cargo.
—Cincuenta está bien, y el celular.
—Teléfono no cargo.
—A mí no me echas el cuento, si te registro la mochila y encuentro
algo, te pego un tiro.
El hombre le ofreció la mochila, seguro de llevar sólo ropa
sucia. El tipo sacó el arma, recibió la mochila y registró
en las bolsas del frente. Encontró dos llaves unidas por una argollita
de alambre.
—Las de tu casa — le dijo —. Me quedó con esto.
El hombre estuvo en silencio un rato, bajó la mirada. En el instante
que volvía a ponerle la mirada encima, reaccionó arrebatándole
la mochila con la izquierda, dando un violento puñetazo sobre el ojo
derecho del tipo. El tipo calló. El hombre recogió las llaves
y corrió de regreso. El tipo alcanzó a enderezarse. Disparó
sin apuntar.
El hombre sintió caliente el pie izquierdo. No dejó de correr.
Dos cuadras alejado del Periférico Sur decidió parar. Sentado
frente a un sedán alumbró la herida con la lamparita del teléfono.
La ropa ya estaba manchada. Arremangó los pantalones, sacó la
parte posterior del pie y arrolló el calcetín ensangrentado.
Una burbuja de sangre asomó del agujerito rodeado de un anillo rojo,
uno morado, y el más grande oscuro. Al reventar la burbuja, la sangre
se regó como si hubieran deslizado un cubo de hielo en un vaso lleno.
«Mierda», dijo, y empezó a temblar. Se colocó el
zapato.
La única entrada al lugar donde estaba su casa, quedaba después
de la cuadra donde le había pegado al ladrón. Llamó a
los bomberos, no supo dar la dirección exacta, pero le ofrecieron que
llegarían. Volvió a sentarse. La ojiva empezaba a enfriarse.
El dolor se iría intensificando.
Vio el reloj. Frunció el rostro. Comprobó la hora en el teléfono.
«Veinte minutos es mucho», se dijo. Volvió a marcar. «Ya
salieron, señor, espere.» Colgó.
El tipo lo venía persiguiendo. Lo escuchó hablar detrás
del sedán.
—Hijo de setenta mil. Estás allí.
El tipo disparó. El hombre ya estaba agachado. Al moverse en esa posición
sintió que le perforaban el pie por un lugar indefinido. «Me
duele hasta el chingado dedo gordo», pensó.
El miedo ya no era tan grande. El tipo caminó sobre la banqueta. El
hombre se movió hacía la parte posterior del sedán.
—Te tengo. Si te levantas te pego un pepitazo en la mera morra.
—Me hiciste mierda el pie. Déjame tranquilo.
—Hijo de puta —dijo el tipo haciéndose presión con
el pañuelo en el ojo —.
Cada vez la palma de la mano se llenaba de sangre. Estaba acostumbrándose
a la oscuridad de las calles con un ojo. Caminó de regreso. Se limpió
el sudor con la mano que sostenía la pistola. El hombre pudo ver su
sombra por debajo. Esperó a que se moviera y huyó hacía
el frente del sedán. Cruzó la calle ayudándose con las
manos. Un tiro pasó silbando cerca de su hombro izquierdo. Del otro
lado siguió por entre los árboles. El tipo lo perdió
en la espesura de las sombras. Soplaba agitado, gotas de sangre se desprendían
del bigote. Quiso verse el ojo en el retrovisor. No pudo, las manchas de sangre
encostrada no lo dejaron.
El hombre llegó hasta la octava calle, allí se detuvo. Se acercó
al poste del alumbrado en la esquina. El ruido vibrante de los vehículos
lo puso nervioso. Estaba agitado. Apoyándose en el poste dejó
que su cuerpo descansara un poco. Le llamó la atención la mancha
oscura que salía de su pie derecho hasta la oscuridad. «Es mi
sombra», pensó cuando se agachaba ha tocarse el pie. Colocó
el índice sobre la mancha oscura y la uña se le tiñó
con el liquido viscoso y desagradable que le parecía su sangre. Se
apretó la frente, estaba desesperado.
El tipo venía caminando a zancadas. Respiraba profundo y agitado, como
si hubiera querido llorar. A cincuenta metros las luces veloces de los vehículos
se reflejaron borrosas en la octava calle. A la altura de la sien un dolor
punzante empezaba a perforarle el lado izquierdo. «Estoy forzando mucho
este ojo», se dijo con la esperanza aún en el otro, parado en
medio de la calle. Lo cerró y trató mirar con el derecho. No
pudo contener el llanto, la sal se mezcló en la herida y le ardieron
hasta los huesos.
—Señor, su pie
está lastimado —dijo alguien al hombre —.
El tipo lo escuchó desde la parte alta de la calle, le dio tanta cólera
recordar cuando llegaba con una basurita y su padre le decía que dejara
el ojo tranquilo, que si lo seguía restregando se rayaría la
cornea. Cargó el arma, disparó. La bala despertó a los
pájaros en el arríate del medio. El que habló al hombre
salió huyendo. El hombre lo siguió, iba sosteniéndose
en la pared. A cada paso el dolor subía vertiginoso, y terminaba explotándole
en el hombro. La ambulancia llegó por el carril auxiliar, recorrió
el camino hasta llegar al sitió donde el tipo disparó la última
vez, dio media vuelta y volvió a tomar el auxiliar. El tipo seguía
llorando, caminando a tientas por la octava. Le daba rabia el ojo, haberlo
perdido así. El pañuelo iba empapado, pensó que si no
cortaba el llanto tendría que tirarlo y no podría recogerse
mas la sangre.
El hombre llegó a la calle de los campos. «En el callejón
—pensó —no me encuentra.» Tuvo que sentarse antes
de subir hasta la entrada.
El tipo se detuvo, no podía más con las luces, el ruido, la
sangre, los mocos y las lágrimas. El dolor de la cabeza le había
llegado hasta dentro del ojo. Sintió la mano tiesa de tanta sangre.
«Maldito», dijo, montó el arma, abrió la boca sintiendo
que las mandíbulas eran las fauces de un animal gigantesco. Introdujo
el cañón y lo apretó con fuerza.
El hombre escuchó un tiro, pensó que el tipo venía cerca.
Cuando llegó a la puerta, se tiró al piso y rodó por
debajo de los barrotes. Imaginó que avanzar de aquella forma le beneficiaba.
El parque calmo era una mancha oscura donde pensó que no pasaría
nada. Caminó muy despacio por la orilla de las dos canchas. Un par
de veces tropezó con la raíces, el dolor intenso hizo que se
doblara. Se detuvo en la entrada del callejón. Los columpios, ahora,
no estaban vacíos. «Son ahorcados», pensó. La fiebre
ya se había incrementado. «No es cierto —se dijo —,
estoy alucinando.» Pero la soledad del callejón le provocó
un frío repentino y brusco. No quiso cruzarlo, caminó hacía
los eucaliptos sin dirigir la mirada a los columpios. Dejó que su cuerpo
cayera deslizado hasta el suelo húmedo. Así se fue quedando
dormido.
Un calambre en la pantorrilla del pie herido lo despertó. Sintió
un hormiguero cerca del pie. «Ya se me durmió», dijo apretándose
el muslo con las dos manos. Sostuvo la posición por unos minutos. Cerró
los ojos. No pasó nada. La sensación del hormigueo le llegó
a las manos. «Mierda, son hormigas.» Se descalzó, eso fue
un alivio, el pie hinchado ya no cabía más en el zapato y aún
seguía creciendo. Tuvo que arrancar el calcetín, en algunas
partes estaba pegado. Alumbró con el teléfono. El hormiguero
empezaba a comérselo. Sintió nauseas, no pudo pararse. Las hormigas
llegaban por todas partes, era imposible matarlas a todas. Se había
olvidado de los columpios. Levantó la vista. La sombra profunda de
los cuerpos le sacó el primer grito de la noche. Empezó a arrastrarse
hacía el callejón. En la entrada lo esperaba alguien, no supo
quien. Luego, se durmió. |
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